
En las últimas décadas hemos visto cómo se ha ido pervirtiendo el concepto de lo “humanitario” de la acción humanitaria. Antes, la acción humanitaria consistía en la protección y asistencia a las víctimas de desastres naturales o conflictos armados. Se intervenía para prevenir el sufrimiento y proteger los Derechos Humanos, bajo las reglas del Derecho Internacional Humanitario, consensuadas tras la Primera Conferencia Internacional sobre Derecho Humanitario (1987) y por las Naciones Unidas (1989).
Hoy, sin embargo, el espacio humanitario se ha ido encogiendo a medida que los gobiernos, en defensa de intereses económicos y geopolíticos no declarados, han promovido intervenciones de sus Fuerzas Armadas aplicándoles la etiqueta de acciones de “carácter humanitario” que complican, además, la intervención de las ONG. Irak y Afganistán son paradigmas de esta este hecho.
En Afganistán, donde el pasado día 9 de noviembre asesinaron en un atentado a dos militares de nuestro país (el brigada Juan Andrés Suárez y el cabo Rubén Alonso), estamos desempeñando una intervención de carácter humanitario innegable. Sin embargo, al igual que el resto de las tropas internacionales presentes allí, es poco lo que se puede hacer para ayudar a la población por la elevada falta de seguridad. La situación del pueblo afgano, como en Irak, no ha hecho sino empeorar desde que los gobiernos occidentales, liderados por EE.UU., decidieron intervenir en esa región.
La perversión del término “injerencia humanitaria” está afectando gravemente a los valores que impulsaron ese concepto, hasta tal punto que ya no se sabe quién es quién en la batalla, quién es parte, quién es juez, quién es víctima… Intencionadamente se están borrando las fronteras entre la defensa de los propios intereses, el apoyo a grupos económicos o políticos concretos, a etnias determinadas o a supuestas víctimas, y se está dificultando enormemente el acceso a la población de los verdaderos actores de la acción humanitaria, que son las organizaciones de voluntarios y profesionales que se dedicaban a ello.

De hecho, según el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), la situación humanitaria en Afganistán ha empeorado bastante. Sobre todo desde 2006, porque el conflicto se ha recrudecido en el sur y el este del país y se extiende hacia el norte y el oeste. Según Amnistía Internacional, tanto las fuerzas internacionales como los grupos insurgentes afganos, cometen violaciones de los Derechos Humanos con impunidad.
Se suceden los ataques indiscriminados de todos los bandos, desde los bombardeos aéreos, efectuados por la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) y por las fuerzas de la Operación Libertad Duradera, dirigidas por Estados Unidos, hasta los atentados suicidas perpetrados por grupos armados. Según la Oficina para la Seguridad de las ONG en Afganistán, el año pasado hubo alrededor de 2.000 muertes de civiles no combatientes, de las que más de la cuarta parte fueron causadas por las fuerzas internacionales y algo menos de la mitad por los grupos insurgentes.
Toda esta actividad bélica obstaculiza las operaciones humanitarias y el acceso a las poblaciones afectadas. En 2007, las misiones de las Naciones Unidas no pudieron acceder al 50% de los distritos del país durante prolongados períodos de tiempo debido a la inseguridad y a las restricciones de movimiento. Además, por la escasez de harina de trigo en Pakistán, los residentes de muchas zonas de Afganistán, incluida Kabul, sufren en la actualidad un aumento en los precios de los productos básicos y una escasez de alimentos.
De este modo, todos los esfuerzos humanitarios (llevados a cabo tanto por las ONG en el terreno como por las tropas internacionales que realizan tareas de reconstrucción) parecen inútiles. Afganistán se encuentra en una situación de emergencia compleja desde hace 20 años. Según un informe de UNICEF, la infraestructura y los sistemas del país han quedado destruidos casi en su totalidad. Alrededor de 22 millones de afganos (un 70% de la población), viven en la pobreza y en condiciones deficientes. Un 40% de los niños menores de 13 años tienen peso inferior al normal y un 54% sufren un retraso en el crecimiento. Más de 100.000 personas (la mayoría niños, niñas y mujeres) siguen desplazados por el conflicto y la sequía.
La situación se ha visto agravada también por las extremas condiciones climatológicas de este país. Recientemente, una gran nevada causó más de 123 muertes, importantes pérdidas de ganado y el bloqueo de numerosos caminos que han dejado varias zonas aisladas. La distribución de alimentos y de materiales básicos a lugares vulnerables se ha retrasado debido al mal tiempo. Como resultado, los precios de los alimentos y los combustibles han aumentado aún más, y cada vez resulta más difícil para las familias satisfacer sus necesidades de alimentos y calefacción.
Finalmente, a todo este caos humanitario se añade una situación política interna especialmente grave con problemas casi endémicos:
- la corrupción gubernamental (las elecciones de 2004 y 2005 se celebraron salpicadas por rumores de fraude);
- el auge imparable del narcotráfico (los talibanes se están enriqueciendo gracias a la acelerada producción de opio, que ha llegado a las 6.100 toneladas en 2006, un 59% más que el año anterior);
- la terrible situación de la mujer (el 36% de las niñas en edad escolar no asisten a clase por problemas de accesibilidad y organizaciones, como la Asociación Revolucionaria de Mujeres Afganas (RAWA), denuncian que no hay mucha diferencia entre la actual situación y la de la época talibán);
- los abusos cometidos por los servicios de inteligencia afganos de la Dirección Nacional de Seguridad que detiene, interroga, tortura, procesa y condena a todo aquel acusado de delitos contra la seguridad nacional;
- una policía mal formada y mal pagada;
- la falta de independencia judicial por la presión de los grupos armados y la celebración de procedimientos judiciales injustos;
- las continuas amenazas, intimidaciones, detenciones u homicidios a defensores de los Derechos Humanos y periodistas…
En este marco, las tropas españolas actúan bajo el despliegue de la ISAF de la OTAN para apoyar a la Autoridad de Transición Afgana en el mantenimiento de la seguridad en Kabul y sus alrededores, a petición de la ONU y del propio gobierno afgano. En concreto, España dirige la Base de Herat, donde se forma a militares y policías afganos, y desde la que se apoyan las operaciones de los Equipos de Reconstrucción Provincial (PRT) de la región oeste de Afganistán. Por su parte, el PRT español de Qala e Naw en Bagdhis, es el responsable de que las labores de reconstrucción sean una realidad. Entre sus misiones se encuentran garantizar la seguridad y el trabajo de los cooperantes de la AECI y atender a la población afgana proporcionándole asistencia sanitaria, instalando alumbrado público y sistemas de saneamiento, reformando instalaciones sanitarias, reparando escuelas, mezquitas, carreteras, etc…

Sin embargo, toda esta labor de reconstrucción fracasa en su fin último (que es mejorar las condiciones de vida de la población afgana), cuando se calcula que cerca de 1.500 civiles (incluido mujeres y niños) han perdido la vida a causa de los combates y bombardeos llevados a cabo por las tropas de EE.UU., las mismas que dirigen la ISAF que compone España, en el último año. No se puede reconstruir y bombardear al mismo tiempo; ése es el contrasentido de la perversión del término “humanitario”.
La situación en Afganistán es muy delicada. Se necesita que, de una vez por todas, se abra un debate sobre la estrategia política y militar en la zona. Los últimos ataques terroristas han demostrado que los insurgentes talibanes no hacen diferencias sobre el carácter preciso de la misión de cada país y ponen en su punto de mira incluso a quienes sólo realizan tareas de reconstrucción. Ese es el riesgo que se corre al permitir que un Ejército realice tareas propias de una organización humanitaria. Al “soldado humanitario” se le convierte en objetivo de uno de los bandos en guerra por el simple hecho de llevar un uniforme y, lo que es peor, se le hace más vulnerable.
Por otro lado, la falta de transparencia política por parte de la OTAN y EE.UU. sobre los objetivos reales de esta misión, no disimula del todo el papel que juega la encrucijada afgana en el laberinto de intereses geopolíticos y económicos por el control de las riquezas de esta región.
Hagamos memoria: hace unos años, en 1996, los talibanes tomaban Kabul con el apoyo directo de los servicios paquistaníes, y con el acuerdo de EE.UU. y Arabia Saudí, en el marco de conseguir la exportación de los hidrocarburos de Asia central, en detrimento de Rusia e Irán. Por su parte, en aquel entonces, el Departamento de Estado norteamericano publicó un comunicado calificando de “positiva” la caída de Kabul en manos de los talibanes que ahora combate.
La actitud de Washington se explica por el proyecto del principal gasoducto que atraviesa el oeste de Afganistán, de la compañía americana Unocal y de la firma saudí Delta Oil. Este gasoducto, además de constituirse como un enlace directo para evacuar los hidrocarburos de Asia central y del mar Caspio, consigue reforzar el aislamiento de Irán y reducir el papel de Rusia en la zona. Si al gasoducto de Unocal y al control del narcotráfico (opio), se suman las riquezas de Turmekistán, con su reservas de hidrocarburos; el oro de Uzbekistán, la plata y el uranio de Tayikistán, y los intereses de British Gas y Agip por el petróleo y el gas de Kazajstán; es fácil ver que Afganistán se encuentra en la confluencia de las tramas de paquistaníes, saudíes, rusos y occidentales.
El problema actual radica en que Afganistán sigue siendo un laberinto que doblega a quien entra. Venció a los británicos, rindió a los rusos, y se ha convertido en el quebradero de cabeza de los estadounidenses. Y si la victoria militar parece inalcanzable y la reconstrucción imposible, el argumento original para seguir allí (acabar con los talibanes y con el terrorismo internacional de Al Qaeda) hace agua por todas partes.
Sin embargo, tras la retirada de Irak, España no puede ahora acompañar a Canadá (decidido a retirarse de Afganistán en 2011), aunque sólo sea porque el coste político a pagar sería excesivo en la OTAN y en sus relaciones con Washington. De hecho, la Ministra de Defensa, Carme Chacón, sostiene que “abandonar Afganistán no es una opción razonable”. Pero, también advierte que “hay que replantear la actuación de las fuerzas internacionales para evitar a toda costa bajas civiles”. Y eso sólo puede lograrse si se abandonan los bombardeos indiscriminados y el abuso de la fuerza por parte de la OTAN que da razones de peso al terrorismo insurgente. Pero, esa medida no va a tomarse porque, sencillamente, Washington aclarará que esto es una guerra, y que tomará las acciones que sean para ganarla.
Así las cosas, el gobierno español tiene una difícil papeleta. Porque, aunque Chacón también aboga por una mayor coordinación y por reforzar el liderazgo de la ONU, así como implicar a los países vecinos en la resolución del conflicto y ampliar las exigencias a las autoridades afganas, lo cierto es que todas esas propuestas son insuficientes en el plano militar y en el plano humanitario.
En primer lugar, según todos los expertos, este conflicto sólo podrá resolverse del lado occidental con un “tour de force” que nadie desea hacer, pero que ya parece inevitable, y que pasa por dos únicas alternativas: negociar con los talibanes (lo que sería realmente increíble) o aumentar los efectivos en la zona y formar a un mayor número de tropas aliadas afganas. En otras palabras, se necesitan más soldados. De acuerdo con el general Dan McNeil, quien tuvo el mando americano en Afganistán hasta junio, la ISAF debe aumentar sus 71.000 efectivos a 400.000, nada más y nada menos. Lo que deja claro lo terrible que es la situación militar en este país.
En segundo lugar, desde el plano humanitario, es esencial conseguir que los organismos internacionales de Naciones Unidas y las ONG dedicadas a la acción humanitaria recuperen la imparcialidad, la independencia y la fuerza necesaria para actuar al margen de los tejemanejes bélicos de ambos bandos, por difícil que esto sea. Además, es clave que el concepto de injerencia humanitaria quede limpio de los intereses económicos y estratégicos que se ocultan a la opinión pública. En fin, se debe reforzar y facilitar la actuación de los organismos realmente dedicados a la tarea humanitaria, y eso depende también de los gobiernos y de las sociedades occidentales.
Mientras tanto, la inestabilidad y la calidad de vida de los afganos empeorarán gravemente a medida que este conflicto siga sin resolver. Pero, no perdamos la esperanza. Hoy por hoy, la llave de esta compleja crisis está en manos del nuevo presidente estadounidense Barack Obama y de la estrategia que decida implantar en esta zona. Otra historia será la decisión que tomará España, ¿se implicará más o tratará de mantenerse en el complicado plano en que se mueve ahora?